viernes, 24 de marzo de 2017

Una cabaña oculta en el bosque - Mario Torres Valdivia


UNA CABAÑA OCULTA EN EL BOSQUE

     Cuando llegué caminando desde los prados, el paisaje de la llanura se veía como a través de unos cristales sucios. En seguida vino a mi mente el olor a trapeador viejo que se abandona en las bateas de latón o cobre, algo así como un manido recuerdo de años vividos, en los que no se acostumbraba la risa. Desde los árboles de pino, tan tiesos como las estacas que los bárbaros usan para empalar romanos, una pequeña y parda casucha parecía asomar con temor por ver que me acercaba a su puerta. Cualquiera diría, desde la distancia donde la veía, que en cualquier momento huiría aterrada por entre las ramas; que repentinamente, de la parte trasera, iría a desplegar unas enormes alas de polilla y se echaría a volar torpemente, sólo por el gusto de no estar más ahí; a pesar de esa ruinosa sensación, seguía avanzando hacia ella, más por un primario instinto de supervivencia que por espontánea voluntad; era ese mismo impulso que hace ignorar el peligro implícito de ciertas ocasiones.

     Cuando me planté delante de su estrujada puerta pude percibir el aroma como de pan recién horneado. No alcancé a golpear la aldaba. Una joven envuelta en una rara túnica apareció por ella y con su mirada azul, impávida y fría, me hizo entender lo repulsivo de mi aspecto: lleno de escupitajos y sangre, con el cuerpo masacrado por la batalla y sostenido únicamente por el respiro que luchaba por entrar a mis pulmones; pero ella tomó la llaga en la que se había convertido mi mano y me hizo entrar. Al ver las plumas negras que llevaba de adorno en su faldellín, pensé que se trataba de alguna bruja adoradora de algún dios menor, que posiblemente tenga la certeza que ese mismo dios me haya llevado al vano de su puerta para ser sacrificado. Las fuerzas que me abandonaban con avidez no me permitían siquiera seguir elucubrando, me dejé llevar dependiente de su pequeña mano. A un paso de la muerte, después de todo, ya no me importaba lo que me podría pasar.

     Sin mediar palabra, mojó con un aceite los jirones de tela que llevaba pegados a la piel por la sangre seca, y rezando algo, lamió mi cuerpo, curó los surcos de mis heridas y me dio un tazón de caldo que sabía a tripas de cabra. Mientras comía desesperado el grasoso alimento, ella permanecía parada delante de mí, sin ninguna expresión en su pálido rostro, cuando acabé de tragar los mazacotes de comida, estiró su delgado brazo y me quitó el tazón bruscamente, me tumbó sobre unas pieles al lado de la chimenea y copulamos; un turbador olor a menta que afloraba de su boca y del sudor que goteaba de sus pechos provocó que me desvaneciera lentamente, entrando en un sueño profundo.

(Fragmento)

Mario Torres Valdivia
(Lima)

Mario Torres Valdivia (Lima, 1974) Narrador. Ha llevado talleres literarios entre los cuales figuran los dirigidos con el escritor Reynaldo Santa Cruz; con el escritor Ricardo Sumalavia; con la poetisa Ana María Gazzolo; y en Casa de la Literatura, con el escritor Oswaldo Reynoso.

*Relato incluido en 'Amor, horror y otros placeres narrativos' (Edit. Poetas y Violetas, 2016). El autor tiene dos relatos en este libro compilatorio de varias voces. Más info del libro aquí. La obra la encuentras en librería en este enlace o con la editorial escribiendo a poetasyvioletas@gmail.com

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